Placer o goce? Cuántas porciones de pizza comés? Hasta sentirte bien o hasta sentirte mal?

En este artículo voy a mezclar teoría de distintas fuentes, tal como confluyen en mi cerebro sintetizador, así que verán en su entramado emerger conceptos del campo teórico del psicoanálisis francés, del psicoanálisis freudiano, del campo de las adicciones, de la biología del cerebro, del esoterismo, y vaya a saber de cuántas fuentes más de las que he abrevado. La idea es hacerlo sencillo y comprensible.

Qué pasa cuando tenés hambre y te ponen una pizza delante? La primera porción que comés, te empieza a satisfacer el hambre. Se siente lindo, placentero. El bolsillo vacío de la pancita se empieza a llenar. Pero falta. Entonces comés otra porción más. La pizza es tu objeto, vos sos el sujeto que la come. Sin pensarlo te comés otra porción y está buenísimo. El hambre se sacia, el ronroneo interno de gato al sol se siente. Placer. No estás repleta. Vamos por otra más. "Dale, comé, no te vas a comer solo dos porciones, no?". Te lo dicen desde afuera, te lo dicen desde adentro, sin culpa, entonces, porque está rica, porque hay lugar, te comés una porción más. Sigue la pulsión de vida funcionando. Te estás nutriendo, te satisface, no explotás; es una porción adecuada, es lo socialmente permitido. No sentís que te haga daño, al contrario. Sigue el principio de placer operando a favor de la vida, de nutrirte.

Te queda un poquito de lugar. (No está bueno quedarse siempre con un poquito de hambre? Como para el postre?).

En un arrebato, ya sola quizás, la pizza te llama, se te van las manos; algún pensamiento oscuro se te pasa por la cabeza, te sentís angustiada por algo. Entonces, antes de guardarla en la heladera para mañana, te comés otra porción más, y otra más…. Y otra más. Es compulsivo ya. No podés parar. Cada porción extra te va haciendo sentir culpable, te va haciendo sentir a punto de explotar, te aletarga, no podés respirar pero seguís, te estás matando pero seguís, te sentís mal, pero no sólo mal por la ingesta excesiva, sino que te sentís mal con la vida, insatisfecha, te querés matar, y de alguna manera super sádica, digamos que disfrutás sentirte así.


Como cuando ves un granito y necesitás reventarlo y lo apretás y te duele pero seguís apretando. Eso es goce. El otro extremo del placer. Una especie de disfrute de lo doloroso, propio o ajeno. Es como si una parte nuestra sádica disfrutara de la angustia que le produce a una parte nuestra masoquista, la está castigando, la quiere ver sufrir.

Si esto lo desdoblamos y separamos ambas partes, es como cuando ves que alguien se cae y eso le genera angustia o vergüenza, pero te reís, disfrutás de su angustia. Eso es goce. Una especie de regodeo ante la angustia. Es destructivo, es pura pulsión de muerte ya.

Hay un punto en el centro en una escala que va de un polo de placer a un polo de displacer. Del polo del placer y de la pulsión de vida al polo opuesto del displacer, del goce y de la pulsión de muerte. El centro sería el punto justo donde tendrías que haber dejado de comer, satisfecha, con un restito para tomarte luego un cafecito y tener la cabeza despejada y con sangre disponible que no se haya ido toda a la panza como para poder charlar incluso y no caer aletargada y culposa, autocastigándote.

Analicemos esto en las relaciones interpersonales.

Vos-sujeto estás con otra persona-objeto (como si fuera la porción de pizza). El intercambio es ameno, disfrutan de la charla, del momento; eso es placer.
Pero en un punto el disfrute parece que es tan lindo que te sale sabotearlo de alguna manera; te pasás del punto medio al extremo del goce chicaneando la situación: haciendo una broma pesada, un sarcasmo, incluso la evocación de un recuerdo penoso, o una pregunta que incomode al otro, o le preguntás sobre su ex como para compararte y sentirte mal: algo que le saque la sonrisa al otro, o a vos misma, algo que arruine la armonía del momento. Como si algo interno tuyo se sintiera a gusto provocando displacer.



No lo viste esto cuando te reunís con matrimonios amigos, todos están contentos charlando y una pareja empieza a romper el clima sacando los trapitos al sol de su cónyuge? Todos comienzan a estar incómodos pero el que sacó los trapitos entra en estado de goce, disfruta exponiendo, avergonzando al otro. Eso es goce.

O analicemos otra manifestación de esto.

Tenía un paciente que remontó situaciones conflictivas casi diarias. Logró salir de ellas y armarse una vida más disfrutable y armoniosa, pero ese haber vivido en clima tenso de alguna manera se le había metido adentro. Cuando le empezaba a ir bien, y eso se sostenía durante semanas, me decía: “Todo está bien…hummm, DEMASIADO bien, ya va a venir la tormenta.”

U otra paciente que había remontado un autosabotaje a la hora de rendir exámenes y le empezaba a ir bien en las evaluaciones. Si entonces aprobaba dos, para la tercera no estudiaba tanto, una parte reactiva aún, interna, sádica, superyoica, parece que volviera a emerger diciéndole: “No te merecés tantos triunfos. VOLVI.” Y el tercer examen aún quizá siendo el más fácil, lo reprobaba por poquito, o lo aprobaba pero por poco margen.

También es curioso analizar otra situación que observé en esta misma línea. Dos personas que fueron obesas y se hicieron el bypass gástrico y adelgazaron de golpe. No se sometieron a terapia en el proceso, por tanto el objeto de adicción (la comida), lo que le producía goce justamente, no desapareció en el quirófano, sino que se desplazó. En los dos casos que vi, la oralidad pasó de tener como objeto a la comida a tener como objeto a una persona, a quien se devoraban literalmente. Y tampoco desapareció el goce sino que se desplazó a las relaciones. La relación cuando se ponía “demasiado” placentera, la saboteaban con goce: comentarios desagradables, reproches, cuestionamientos, controles, cualquier cosa que rompiera la sana homeostasis del vínculo y provocara un clima de tensión y de angustia. De eso se alimenta este cuerpo reactivo, este superyó sádico gozoso.

Es como si dijera: “Si estoy bien, la embarro mejor. Acá en el fango me manejo mejor que en la zona de felicidad que no es para mí, no la merezco, que si de “casualidad” algunas veces subo a ese estado, seguro que me voy a caer y a pegar un porrazo; mejor entonces nadar seguro en el barro de la insatisfacción que acá me siento segura en entorno conocido.”

Y también dice: “Y si yo no puedo estar bien, odio que estés bien vos, te bajo de un hondazo si subís mucho así estás tan angustiado como yo y no se nota la diferencia, y la diferencia no pone de relieve que vos podés estar bien y yo no, y que debería esforzarme por alcanzarte pero como no puedo, no quiero o no me lo merezco, mejor te bajo a vos.” O dice: "Odio que tengas eso que yo no puedo tener, te envidio, ojalá se te arruine, no soporto verte feliz."



Este cuerpo reactivo que se nos pega a la piel, cuándo se gestó?

Cuando se empezó a gestar esta dinámica? Hace mucho tiempo quizás. Cuando lo percibimos de un otro significativo que gozó poniéndonos mal. Cuando nos fue mal en alguna época y no pudimos salir. Cuando tuvimos alguna mala experiencia que se fue reiterando hasta anquilosarse como un modo de ser.


Faltó amor desde afuera, falta amor a uno mismo. La autoestima está muy baja incluso si desde afuera se vea que compensatoriamente la persona se muestra muy narcisista y quiere demostrar que es la que más se mima o la más segura de todas, o la que más merece. Pero si la autoestima efectivamente se refuerza, si se refuerza la autovaloración, el autoamor, el auto-respeto, defender el estado de estar bien no es cuestión de defenderse con el que está afuera peleándose, o discutiendo o justificando, sino defender el propio derecho de estar bien y ante la menor emergencia de angustia que provoque el otro o lo otro externo, respirar profundo, no engancharse, recapacitar en el propio estado, tratar de volver internamente a estar en armonía y apartarse de la situación tóxica. Que no es evadirse ni evitar enfrentarse. Sino estar con uno a gusto sin reaccionar y sin mancillar el privilegio de sentirse bien.

En cualquier adicción se presenta.

Por ejemplo, si tomamos un par de copas, el alcohol nos desinhibe, se siente lindo, es placentero. Pero si seguimos tomando, aumentamos el displacer, ahí emerge el goce: cuando terminamos vomitando, o pasando vergüenza, o llegando al extremo: en coma alcohólico. Eso ya es pulsión de muerte. Creo que cualquier situación llevada al exceso es goce, es dañina. Es autodestructiva.


Y ese parásito que tomó la forma de nuestro cuerpo y que se alimenta de nuestra angustia o de la angustia que generamos, dicen los esotéricos que ese cuerpo reactivo que creemos que somos nosotros pero que no lo somos, cuesta despegarlo. Uno empieza a sostener su derecho a ser feliz, su derecho a estar bien, y parece que cuando mejor vamos estando, le permitimos a alguna circunstancia externa que nos haga reaccionar y el bicho agazapado de la ira, del sadismo, de la burla, del enojo nos toma y reaccionamos. Y quedamos hechos pomada después. Cansados, vencidos, desgastados, lastimamos, arrugamos la hoja lisa de una relación que por más que luego tratemos de alisar, ya quedaron impresas esas marcas indelebles por más que intentemos reparar con un pedido de perdón o con más ensañamiento para defender lo indefendible. Y con esto vamos incrementando nuestro sentimiento interno de no tener derecho a ser feliz, a defender sostenidamente un estado interior, y exterior de armonía. Le damos poder al bicho reactivo para que se entrone en nuestro psiquismo y se alimente de la basura de los estados de ánimo más bajos, como si fuéramos bichos rastreros con alas podadas que no nos permitiéramos volar. Y vivimos a la defensiva suponiendo ataques donde no los hay y defendiéndonos de lo que nuestra susceptibilidad nos decodifica como ataque, y esto nos impide disfrutar plenamente de las situaciones relajadas.

Otro paciente me cuenta que cuando está rodeado de amigos y de afectos, no se puede enganchar y ve todo como desde detrás de un vidrio, sintiendo que la angustia incluso lo carcome en esos momentos. Y su mente reactiva le detona escenas penosas como un recordatorio permanente de que debe estar mal. Puro goce. Pura reactividad.

También lo veo en parejas. Cuando uno de los miembros crece en algo y está contento, y el otro no se permite acompañarlo y subir y el logro del otro le causa envidia o le demuestra su propia falta de voluntad de superación, lo sabotea degradándolo, para bajarlo al estado en el que se siente el que no puede subir, y le genera discusiones, críticas, para empañar los momentos y hacerlo reaccionar agresivamente y con esto seguir nutriendo el cuerpo reactivo con la angustia que produce el nuevo embiste. Como para seguir estando mal. Victimizado, quejoso, en pleno regodeo de goce, en plena pulsión tanática, autodestructiva. Y ojo, que si el que está arriba se engancha, y entra en el juego de las relaciones tóxicas, también le está permitiendo a su propio cuerpo reactivo emerger como si no se sintiera merecedor de dejar pasar los embistes para mantener su derecho de estar bien. También surge su lado tanático autodestructivo al engancharse en esta dinámica aunque sea el que está mejor de los dos.

Que si cuesta? Cuesta. Hay que primero aceptar que ocurre esto, dejar de echarle la culpa a lo externo y ver que el problema es interno, y empezar a generar el nuevo hábito de sentirse merecedor de estar bien. La reactividad tratará de volver, desde ya, y será como con cualquier adicción, cuestión del día a día. Una especie de lucha del “Solo por hoy me propongo ser feliz y merecérmelo”. Y ponerse a trabajar en sostenerlo.


Lic. Claudia Beatriz Gentile
Psicóloga clínica con orientación junguiana- Grafóloga pública – Astróloga

Terapias psicológicas tendientes a la individuación - Cursos de grafología - Talleres de autoconocimiento - Grupos de reflexión - Grafoterapia.

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