Cuento corto: En una vieja estación de tren de Campana


En una vieja estación de tren de Campana



Ahí estaban las tres. Una vez más, reunidas en un almuerzo de domingo, como cada primera semana de cada mes de los últimos… cuántos años? desde que se fueron jubilando, desde que enviudaron, desde que murió la madre de dos de ellas y tía de la tercera, con sus cien lúcidos años. Desde entonces la cita era ineludible. Necesitaban esa reunión para asegurarse de que todos los recuerdos seguían ahí, construyendo sus historias entramadas, sin que la arbitrariedad de la memoria desdibujara ninguna huella de todo lo que pasaron en sus largas vidas.


Ahora solo quedaban tres de las cinco. Una murió hace unos años. A la cuarta ya le cuesta desplazarse esas pocas cuadras hasta ahí, ese emblemático restaurante que, aunque aggiornado, sigue siendo un punto tradicional del pueblo, frente al enorme y boscoso jardín de infantes que supo ser un club de barrio alguna vez.


Tras el almuerzo les sirvieron un pequeño pastel con una vela, y las tres copas se unieron en un brindis. Beba, la menor, cumplía 81 años y su hermana mayor y su prima, como siempre, le organizaban el festejo.


Y también brindaron por el reencuentro, por los que estaban, por los que ya habían partido, por los hijos y los sobrinos que les alegraban la vida con sus vaivenes, por los nietos y la bisnieta. Por las que pudieron tener descendencia y por quien tuvo que abstenerse de casarse, Teresa, la hermana mayor de Beba.


Tere siempre vivió con su madre. La cuidó hasta que murió, luego de ese recordado brindis de esa última Navidad en que, con un siglo a cuestas, le sonrió mientras levantaba la copa por última vez.


Y las tres reunidas en este domingo de agosto de frío y sol brindaron con gratitud por la vida. Había pasado ya la época de los lamentos, de los enojos y de las impotencias frente a las eventualidades penosas que tuvieron que atravesar y transitaban, hacía rato,  una etapa ni más resignada ni más penosa: sólo más sabia, como decía una de ellas. Aprendieron a recordar las tragedias riendo. Y reían cuando evocaban la severidad del cinturón de algunos personajes siniestros de su estricta infancia. Se reían al comentar cómo lograban escapar aún a fuerza de ocultamientos y complicidades, de los castigos, algunas veces muy injustos, que recibían si no cumplían con la voluntad de sus mayores.


Sonreían con nostálgica picardía (que no era maldad. Sus corazones longevos habían aprendido a drenar el veneno del resentimiento. Esa era la clave de una vejez disfrutable, solían decir).


Beba era la voz cantante del grupo. La menor y curiosamente, la más chiquita. Retacona, simpática y parlanchina. Tere, en cambio, era retraída. Siempre observaba todo con su distante silencio, su sonrisa dibujada iluminando a medias su rostro austeramente hermoso. Espigada, alta, de blanca melena bien peinada. La más bella curiosamente. La solterona. La tía que nunca faltó en ninguna etapa de los hijos de las otras. La que mantuvo la casa de su madre, con su empleo de toda la vida. La persona de confianza, la leal, la callada, la siempre disponible ante las eventualidades.
Herminia, la prima hermana de ambas, era la mayor de las primas.


Las cinco habían ido al mismo colegio y a cuanto evento familiar y social  las convocase.
Se querían sin reproches. Ya habían probado todo lo anterior a eso. Se habían peleado, admirado, celado, envidiado, idealizado, defraudado, y finalmente, se habían aceptado como eran.


Beba levantó, entonces, la copa y pidió su deseo de cumpleaños. Cerró los ojos y, en silencio, fijó la atención en esa evocada puerta. La veía cerrada, añeja, corroída por los años, por las inclemencias del clima, por el uso. Cerrada. Pero deseó que estuviera abierta y volver a atravesarla siendo como entonces, como cuando comenzó a aventurarse a viajar en tren sola a casa de su tía Nelly, que vivía en Capital. Deseaba con toda la fuerza de su ser revivir esa etapa tan maravillosa cuando su prima le presentó a ese muchacho de mirada profunda y piel morena, que le quitó la paz desde que lo conoció. Se enamoraron desde la primera sonrisa. Sus encuentros eran espaciados. Tan frecuentes como la edad de Beba lo permitían. Y duraron hasta que a él le llegó la carta del traslado y tuvo que irse.

Tan hondo caló en ella el dolor que estuvo sombría más de un año. Al tiempo y sin perder la opacidad en su mirada, decidió casarse con su vecino y tuvieron 3 hijos. Beba nunca dejó de ayudar a su esposo en el negocio familiar que dos de sus hijos, los varones, supieron continuar y mejorar con el paso del tiempo, hasta que Beba enviudó y luego, se jubiló.


Nunca más tuvo noticias de aquel amor oculto. Aunque siempre su corazón latió por él. Y como los recuerdos tienen esa costumbre caprichosa de metamorfosearse, la mente anhelante de Beba le agregó bucles y arabescos al recuerdo, para evocarlo más bonito aún.


Y entonces, tras sus ojos apretados por el deseo, y justo cuando soplaba la velita del pequeño pastel, la puerta cerrada cobró vida y la sintió. Y se vio parada frente a su descascarada fachada. Y extendió la mano y la tocó. La sorpresa fue mayúscula cuando, al empujarla, el picaporte cedió y, con un chirrido de madera gastada, la hoja se empezó a abrir. Un rayo de sol impactó de lleno en su rostro. Cegada, alzó la mano sobre sus ojos entrecerrados, para soslayar la mirada, y ni bien atravesó la puerta, ésta se cerró violentamente con un estruendoso ruido.


Beba giró en seco y al hacerlo, su mirada recorrió el lugar. El tren estaba acercándose. Debía abordarlo sin demora. Si lo perdía, no llegaría a tiempo para encontrarse con él antes de que tuviera que volverse al destacamento. Sabía que solo tenían esos momentos para estar juntos.


Viajó sintiendo cómo la ansiedad le latía en las venas hasta hacerla sentir viva, joven, anhelante. Viajó sabiendo que al llegar, él estaría esperándola en la estación, para fundirla en sus brazos.


El tren avanzaba desplazando árboles con su rítmica calma. Beba vio el puente. Se acercaban. El tren entró al túnel. Por un momento todo quedó a oscuras hasta que una serena y blanca luz comenzó a iluminar todo de un modo inusual. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luminiscencia y pudo ver, allí estaba él, extendiéndole la mano y aguardándola. Como la había estado aguardando desde entonces, desde que la guerra se lo devorara.

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Claudia Gentile
22-8-2016

Lic. Claudia Beatriz Gentile- (ClaBe-Ge)Psicóloga clínica con orientación junguiana – Grafóloga Pública - AstrólogaTemas de género - Terapia individual y de pareja - Talleres de autoconocimiento Grupos de reflexión Cursos de grafología 

Floresta-CABA- Rep. ARGENTINA


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