Violencia de género

El 25 de noviembre se conmemora

el DIA INTERNACIONAL de la NO VIOLENCIA hacia las Mujeres.




Dice Wikipedia: "El Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer (o DIEVCM), aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su resolución 50/134 el 17 de diciembre de 1999, se celebra anualmente cada 25 de noviembre, en memoria de las hermanas Mirabal. La propuesta para que se celebrara en esa fecha la realizó la República Dominicana, con el apoyo de 60 países."

Como parte de la campaña de concientización a mujeres víctimas de violencia, e inspirada por el caso puntual de una paciente cuya historia colaboró en que escribiera el texto que les comparto, sumo mi grano de arena, no sin mencionar que la historia real de mi paciente no terminó como en el texto, afortunadamente. Hay muchas mujeres (como es el caso de la aludida) que logran salir de relaciones tóxicas en donde quedaron atrapadas en rol de complementarias frente a algún poderoso y encandilante psicópata que las deslumbró hasta capturarlas, para luego mostrarles su verdadera naturaleza. 

La historia que pego es afortunadamente ficcional. La realidad, no. Según un relevamiento del Observatorio de Femicidios en la Argentina, en el primer semestre de 2012  hubo 119 homicidios de mujeres por violencia machista.




El no quería matarme!



Cuando conocí a Carlos, me deslumbró. Tan fuerte era... Tan contenedor! Me ayudó tanto… Yo en esa época me sentía muy sola y muy desamparada. No conseguía trabajo, tampoco sabía bien dónde buscar y él me aclaró tantas cosas…


Me empezó a ayudar con la plata. Eso me dio alivio. Aparte podía empezar a distraerme un poco con él. Carlos me llevaba a pasear, a cenar afuera, al cine. Siempre elegía él lugares tan lindos.


Siempre elegía él.

Y eso al principio me resolvía la vida, ya que yo no estaba segura de nada. Pero después, con el tiempo, tuve ganas de empezar a elegir yo también algo. Aunque sea la película que íbamos a ver. Pero si la llegaba a elegir yo y a ál no le gustaba. Mi Dios! Cómo se ponía!! Había que aguantarlo después. Seguro que estaba una semana entera cargándome delante de todos, mofándose sobre lo mala que era yo eligiendo películas.

 

Hasta tal punto le creía que empecé a suponer que él tenía razón, y que yo no servía para muchas cosas. Que era él el que servía para todo.


Aún así un día ya me sentí con fuerzas suficientes para empezar a trabajar de vuelta. Y soy Kinesióloga. Pero él no lo  entendía así. Decía que yo era una masajista y que lo que yo hacía era cosa de putas.


Y me enojé. Yo no me creía una puta. Está bien que soy flaca, tengo el pelo largo y siempre me gustó verme bonita, vestirme bien. Y eso a él al principio le gustaba. Me mostraba con orgullo. Yo sentía que le gustaba.


Pero después de un tiempo me empezó a decir que también mi aspecto era el de una puta, no solo mi trabajo, y me empezó a obligar a vestirme de otro modo: “Como una señora”, decía. Como una vieja yo me sentía.


Una noche que teníamos una cena con sus amigos, se me ocurrió comprarme un vaquero ajustado y unos zapatos altos. Me arreglé para esperarlo y cuando me vio, discutimos. A mí me gustaba volver a verme así. No me sentía vestida como una loca, me veía bien y quise convencerlo a él de que me dejara ir vestida de esa manera. Pero se enojó peor y esta vez las cosas fueron más lejos. En otras ocasiones, sin quererlo me había pegado,  pero despacio, nunca me dolió demasiado y a los dos días ya las marcas se iban. Pero esta vez me empujó. No quiso tirarme por la escalera. Dijo que yo me caí y que yo tenía la culpa de haberme caído por ese pantalón tan ajustado que no me dejaba ni moverme y por los tacos que tenía puestos.



Gracias a Dios no me lastimé demasiado. Sólo me fracturé un poco el brazo. Justo yo, que iba a empezar a trabajar esa semana, y mis manos son mis herramientas de trabajo.


Y no sé qué pasó. No siento que él lo hiciera a propósito. Luego se desesperó y me pidió perdón. Y  se lo creí. Me prometió que no lo iba a hacer de vuelta.


Hasta aquella tarde unos meses después cuando le conté que había conseguido trabajo en una clínica.


Esa tarde fue terrible. Estábamos en la cocina tomando un café. Me lo arrojó en la cara indignado, porque dijo que se lo había servido frío, pero yo sabía que no era por eso por lo que estaba enojado. Una cosa llevó a la otra y yo sé que él no tenía la intensión de lastimarme. Por eso entiendo que fue mía la culpa cuando me tropecé contra la silla y me caí.


Carla, nuestra hija de 5 años, se me acercó a preguntarme llorando: “Estás bien, mamita?”. Yo la escuchaba pero no le podía contestar. Nunca más le pude contestar.


Carlos sé que estaba arrepentido. El no tiene la culpa. Se brotó ese día, una vez más se brotó.  

Pero yo sé que él no quería matarme. 
                                                                       Claudia Gentile (2009)




 
 Lic. Claudia Gentile
            Psicóloga clínica con orientación junguiana. 
                 Grafóloga Pública  


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tel.: 4672-4423 y cel.: 153-343-3665

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