Antes de la Media Noche- Una historia que grafica la crisis de los 40 femenina


O antes de que las sombras  de una noche oscura del alma te nublen la visión durante la crisis femenina de los 40 y pierdas todo.





Esta saga comenzó con la frescura del despertar del amor a los 20´s, cuando un chico y una chica se encuentran por primera vez. El ya con su profesión definida; ella aún buscándose y hallándose únicamente y de manera rebelde todavía, identificada con un feminismo reivindicativo del lugar que, como mujer, quería ocupar y aún no encontraba el nicho adecuado para expresarse. Esto en la primera película: Antes del amanecer.



En la segunda- Antes del Atardecer- se vuelven a encontrar entrados ambos en los 30´s, buscando un amor más maduro y realista, y proyectando una vida juntos. Justamente al atardecer de la vida.






Ya a los 40, la película los muestra juntos, con mellizas de 10 años, en plena crisis matrimonial, que no termina siéndolo, sino que es la crisis de insatisfacción que atravesamos inexorablemente las mujeres alrededor de los 40 años, cuando se repasan los proyectos de los 20´s y se los compara con los logros de los 40. Y si no se alcanzaron los sueños, la insatisfacción hace mella y la primera reacción para sacarse semejante frustración de encima es proyectar las culpas en el afuera, y el afuera más cercano suele ser la pareja.

La película se sitúa en una Grecia adorable de cuento de hadas. De vacaciones ambos, invitados por un escritor, con el protagonista de la película, que también es escritor, hablando de su tercer libro, con el escenario de fondo de un paisaje de ensueños. Se ve a un tipo realizado profesionalmente, a gusto, hablando de su pasión, pasión concreta y corroborada por el éxito y la valoración de sus trabajos. Recogiendo justamente el resultado de su siembra.

Mientras que la dama, feminista de antaño, aparece cortando tomates de la huerta (hablando de siembra, cosechando tomates en vez de logros profesionales), con sus hijas a quienes le habla en inglés y en francés, y preparando las ensaladas mediterráneas en la cocina en divino aquelarre femenino, pero no tan divino para alguien que se había proyectado con un éxito que en virtud de un embarazo (y de mellizas!) no esperado, no había logrado para situarla paradójicamente en un rol del que siempre había tenido especial cuidado de escapar: el de esposa y madre ama de casa.

Toda esa insatisfacción acumulada por años, como suele pasar a menudo y lo veo en clínica, se esconde prolijamente bajo la alfombra al poner en primer plano los deberes de las rutinas cotidianas, y suele salir, digamos que inesperadamente aunque la lógica de esta emergencia es sumamente clara, cuando la pareja hace un corte en estas rutinas que los enmohecen cotidianamente, y aflora cuando desaparece la cotidianeidad en un período de vacaciones.

Algo de suma importancia en este relato. Del matrimonio anterior al escritor le queda de saldo una muy mala relación con su ex esposa que, resentida porque la abandona por esta mujer que tiene ahora el caballero, también deposita externamente las culpas de la ruptura (de un matrimonio que ya vemos en la segunda película que se estaba viniendo abajo), en la nueva pareja del escritor, en vez de hacerse cargo de que las responsabilidades de una ruptura son compartidas. Y se empodera usando al hijo de ambos como rehén para hacerle llegar a su ex marido las estocadas rencorosas de su dolor en el punto que sabe que más le duele: su relación con el hijo.

Mientras vemos que ese hijo que con él es escueto en los diálogos casi se maneja esquivo y con monosílabos, con su actual pareja, la dama protagonista del film, la comunicación es fluída, y ella no hace nada para incluirlo al padre en esta dialéctica, cosa que parece disfrutar. Ella le muestra con una ingenuidad propia del perverso, cómo el nene es confidente con ella y a él no le quiere comentar nada. Y el tipo sufre el desgarro de ver partir a su hijo y perderse aún más su crianza, tras estas vacaciones que había compartido el nene con ellos en Grecia. El recibe durante estas vacaciones, dos estocadas dolorosas: la noticia de la muerte de su padre y la ida de un hijo al que siente que perdió. Pero esto pasa sin trascendencia en la película. O mejor dicho, ella no le da trascendencia a este dolor de él, pero inconscientemente aprovecha la vulnerabilidad emocional de él para pegarle sin consideración derramándole en el peor momento todas sus insatisfacciones. Y el tipo juega todos sus recursos desde el lugar del que tiene menor poder, para intentar no perder lo único afectivo que le queda. No se banca una pérdida más y la pelea.


Juego de poder y venganza

Hay una escena de la película que marca un antes y un después. Es la escena de un atardecer sobre el mar. Tres, dos, uno... se esconde el sol, zas! se escondió. Se hace la noche. Durante la primera mitad de la película vemos el lado solar de la historia. Escenas de charlas agradables y compartidas, palabras de amor; todo está en orden, divino, la mugre prolijamente bajo la alfombra. Nos queremos todos, no hay reproches. Somos la pareja perfecta y feliz.

Cae el sol, y chau, llega la media noche con sus sombras. Discusión en donde de la nada surgen reproches de tiempos pretéritos que agarran al tipo absolutamente desprevenido sin entender el por qué de tanta agresión. Y en el peor momento, cuando estaba desgarrado por la partida de su hijo y planteándose el deseo de mudarse a USA donde vive el niño para compartir los pocos años que le quedan como adolescente de relación fecunda con la figura paterna.

Y hay un detalle significativo. Dicen que nadie es profeta en su tierra. La historia del hijo pródigo también menciona esto. Es arquetípico. La realización del héroe implica un correrse de lugar. Un abandonar la zona confortable conocida y salir el mundo a explorarse, saberse, individuarse antes del volver ya sabiendo quién se es. El escritor lo hizo. Ella no. Al quedar embarazada, ese proceso de desarraigo y búsqueda de sí queda podado y le pide a él que vuelvan a su Francia natal para que su mami la ayude durante el embarazo de las mellizas y allí quedaron. Ella volvió antes de saberse. Nunca logró saberse.


Y qué se dice en esta discusión cuando se reprochan otras cosas?
Ella lo envidia. Envidia su éxito profesional, su renombre, su difusión, su encanto masculino ponderado por rubias tontas que se le regalan. Por críticos que aceptan sus trabajos, por escritores que lo invitan a Grecia solo para escucharlo hablar de su obra y de sus personajes y poder dialogar con él. Y ella? a la cocina, ponderada por ser una buena compañera, la señora anónima del escritor, la protagonista del primer libro donde aparece como un personaje creado por él, donde se narra cómo se conocieron. Ella es famosa porque la pluma de su hombre la termina haciendo famosa. Una fama que no es propia, de la que reniega; no es la que aspiraba ella a lograr. No era ese reconocimiento el que buscaba: el de ser la señora xx del caballero famoso.

Lo envidia, pero tiene algo valioso que él desea y que no tiene sino solo en virtud de tenerla a ella: los hijos. Los tres. "Vos tenés la carrera que yo no pude tener. Yo tengo los hijos que vos no podés disfrutar si no es por mi mediación". Y lo chicanea mal. Y vemos que en el fondo es su propia insatisfacción la que propone la guerra. Ni ella sabe lo que quiere, ni qué trabajo elegir. Y en vez de meterse para adentro, buscar sus propios espacios, lograr hacer lo que le gusta, como en la película de Suar Una novia para mi mujer, la insatisfacción femenina se hace carne y se arroja furibunda a la pareja como si ese tapón que cubre la falta femenina estuviera simbólicamente en el pene del hombre. El hombre tendrá pene pero no tiene aquello que llena la falta femenina. La falta femenina que marca un vacío la puede rellenar únicamente la mujer conectándose relamente con lo que quiere, dejándole de echar la culpa a sus labores de madre y esposa que tuvo y nadie le obligó a tener (o sí: los mandatos sociales que decidió acatar) y buscando los espacios para , mediante el ensayo y error, ir descubriendo qué cuernos quiere, qué la satisface, en vez de plantear guerras nucleares hacia el hombre usando de bombas a los hijos.

La envida, cuando nos permitimos afrontar lo que nos marca, en vez de rechazarla con culpa o vergüenza, nos acerca un conocimiento sobre nosotros mismos maravillosamente esclarecedor. Nos muestra la falta; nos indica el hilo hacia aquello que envidiamos en el otro que no es más que lo que nos gustría tener. Y en vez de jugarla a ciegas desde su poder arrasador inconsciente y permitirle que destruya en el otro lo que anhelamos tener y no podemos, podemos indagar qué es lo que vemos que al otro lo hace feliz y que creemos que a nosotros también nos daría satisfacción y salir a buscarlo en nosotros y para nosotros sin proyectar la bronca propia destruyendo al que lo logró.

Ella envidia la realización profesional de su hombre. Pero en vez de entender esto y programarse un camino para lograr la propia, se llena de excusas, culpa al otro y a la vida y queda quejosamente insatisfecha chillando sus propias frustraciones, con voz de bruja en vez de susurro de hechicera que apela a su magia para saberse y encontrar su propio camino.

Esto es lo que surge en esas noches oscuras del alma cuando atravesamos las crisis de cada etapa y no vemos bien la insatisfacción qué nos está susurrando que hagamos.

Transitemos las sombras de la noche con el farol del ermitaño que entra a su propia caverna buscando la luz del conocimiento de sí mismo; no yendo a la ciudad y al ruido de la noche para pedir que le cubran la falta a los gritos y clavando cuchillos pero con una venda en los ojos, a la imagen reflejada en el espejo.

Lic. Claudia Beatriz Gentile

Psicóloga clínica con orientación junguiana- Grafóloga pública – Astróloga

Terapias psicológicas - Cursos de grafología - Talleres de autoconocimiento - Grupos de reflexión - Grafoterapia.

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