El fiel de la balanza - Cuento


Un intento de cuento, mezcla de narrativa ficcional con viñeta clínica, con subtitulado psicológico que va explicando qué le pasa a cada personaje. Mi primer intento, medio fallido, de cuento.


Bajó las escaleras corriendo. Su apuro no medía obstáculos. Casi se cae al tropezar en el codo de un descanso, pero tenía que llegar antes que el ascensor para interceptarla. En su cabeza aún resonaban las últimas palabras de una discusión de sordos que gritaban sin escucharse. "No aguanto más. Olvidate de mí." ¿Pero cómo olvidarla? ¿Cómo dejarla ir sin jugar la última carta?

La puerta del ascensor se abrió justo cuando él bajaba el último escalón. Casi patinándose la interceptó. Agotada, inspiró tragándose las palabras inútiles que ya no tenía sentido dejar salir. Miró hacia arriba con gesto de fastidio mientras él bloqueaba la puerta del ascensor intentando meterse para que volvieran a subir. Ella lo empujó y él se empecinó en bloquearle la salida.

-Dejame pasar, Pablo, que llego tarde. No empeores las cosas más todavía.

-Tenemos que hablar. Calmate y subamos. Dale, quedate un ratito más, no te vayas, le dijo tomándola de ambos hombros y clavándole la mirada expectante.

Más resignada que convencida, exhaló y dejó que él cerrara la puerta y pulsara el botón del tercer piso, sin dejar de mirarlo. El silencio que se hizo entre ambos era casi corpóreo y eterno. Tardó un siglo el ascensor en detenerse. Tiempo durante el cual ella repasó los últimos acontecimientos antes que, de la nada, en medio de un rutinario desayuno interrumpido por una inesperada discusión furibunda, el teléfono sonara con la novedad de la confirmación de su traslado a Canadá, cosa que ambos, por distintos motivos, simulaban creer que nunca se concretaría. Ella, por inseguridades propias. Por juzgarse poco capacitada para un ofrecimiento que suponía no se concretaría nunca, aunque lo deseara. El, porque eso implicaría de su parte un gran esfuerzo que sabía que lo excedería, o un distanciamiento que no estaba dispuesto a soportar. Pero ¿qué le daría a cambio de pedirle que truncara sus sueños? Tampoco se sentía dispuesto a ceder ante la demanda de ella de ser madre. No se sentía capacitado ni para arreglárselas solo; menos para ser padre, y mucho menos aún para perderla.
 ¿Entonces?

Desde que se conocieron en una reunión en casa de una pareja de amigos que tenían en común, él había quedado prendado de su calidez. La amaba, la admiraba. Tan joven, tan bonita, tan madura, tan capacitada. Ni siquiera supuso que ella lo miraría aquella noche. Si, después de todo, él era un simple técnico de computadoras y ella, una científica, con un trabajo demandante y bien remunerado que le permitía una independencia económica que él tardaría años en lograr, si lo lograba, con su trabajo inestable y de ingresos fluctuantes. Pero, para su sorpresa, ella quedó encantada con los relatos de este payaso romántico que sabía ganarse la atención de todos; medio bohemio, medio poeta, medio actor de reparto. Medio, porque a nada le ponía más que su curiosidad y su pasión inestable y la búsqueda de su propia diversión, que amaba y necesitaba compartir con los demás, como un niño que se deslumbra por la magia de los escenarios, de la noche, de la aventura imprevisible de vivir sin más que lo que cada día tuviera para sorprenderlo y brindarle. Eso era: un mago que sacaba conejos de la galera para deslumbrar a su audiencia. En tanto que ella estaba rodeada de gente previsible y rutinaria. Pablo era un solaz en sus días de investigadora. Le aportaba la magia de lo desconocido. Y eso la cautivó. Y casi sin que ambos se dieran cuenta, las noches compartidas se fueron sucediendo. De a poco él empezó a quedarse en su casa con mayor asiduidad, hasta que un día se sorprendieron viviendo juntos; él ya instalado con sus pocas pertenencias de mochilero nómade dispersas por todas partes, y apropiándose del lugar.

Compartían, abrazados, noches de charlas interminables, o asados con amigos bohemios de todas partes del mundo, que no dejaban de buscarlo donde estuviera, para acercarse y compartir con este personaje de anécdotas incansables, el afecto de camaradas que se conocen de toda la vida. Y así era Pablo con todos y con cualquiera: hospitalario, franco, afectuoso, confiado. Con un carisma sano y abierto a cuanta persona se le acercase. Tenía el don de sacarle a cada uno lo mejor de sí, de rescatarlo del aislamiento, de robarle una sonrisa, de hacerlo hablar para escuchar historias que luego contaba y hacía circular. Esa era la enorme riqueza de Pablo, o el Mono, como lo llamaban todos.

Y esto era una novedad exquisita para Lorena, acostumbrada a un hogar de padres intelectuales, de charlas sobrias, de metas claras y progresistas, de previsibilidades cotidianas. Desde que vivía sola, su círculo de amigos se había reducido. Casi todas sus amigas, ya profesionales, se habían casado y algunas estaban criando a su primer hijo, inmersas en el armado de sus familias, tras haber logrado una posición laboral cómoda y satisfactoria. Ella era la última que quedaba soltera. Sus fines de semana ya habían perdido el encanto de las salidas y empezaban a quedar vacíos. Su novio de tantos años la había dejado. El vacío de amigos y de pareja era imposible de compensar con visitas más frecuentes a sus padres. Hasta que una noche, en una reunión en casa de una pareja amiga, había aparecido Pablo.

Desde entonces, se sumaron viajes cortos a la magia cotidiana. Luego viajes largos que Lorena disfrutaba con tanta intensidad que explotó como el pimpollo de una flor exquisita y exótica, que empezaba a abrirse al sol y a emanar sus primeras fragancias primaverales, al lado de este ser que la invitaba a descubrir el mundo desde otra mirada, y no desde la sobria perspectiva habitual a la que estaba acostumbrada. Descubrió paisajes ocultos al turismo; compartieron amaneceres en carpa a la vera de ríos solitarios; juntos y abrazados se conmovieron hasta las lágrimas contemplando lunas enormes sobre espejos de agua; disfrutaron, con infinito placer, fogones y guitarreadas nocturnas interminables con eventuales compañeros de ruta que se les acercaban, con la camaradería del viajero ávido de nutrirse de aventuras compartidas.

Y así pasaron tres años. Ricos, plenos, matizados de experiencias insólitas. Hasta que el reloj de los 30 de Lorena sonó, y cuando quiso acotar un poco esta vida de adolescentes tardíos y formar una familia, Pablo se quebró. No podía. Trató. Se impuso pasar su vida de bohemio a segundo plano y esmerarse más en su trabajo, para organizarse de otro modo, pero se fue ajando, entristeciendo, secándose por dentro. Perdía su vivacidad. Llegaba cansado y frustrado. No era hábil con los negocios. Más de una vez, cuando sus clientes no podían pagarle, les regalaba sus servicios; o lo estafaban, por confiado. O simplemente se olvidaba y no cumplía con los plazos, tan renuente a enterarse del día en que vivía. Sus tiempos se medían de otro modo, no por jornadas laborales, sino por la planificación de sorpresivas aventuras compartidas, y cayó en un letargo gris y depresivo.


Tres meses engañándola a Lorena, levantándose junto con ella a la mañana hasta que la veía irse, para luego volverse a acostar. Se venció el contrato de su pequeño local en una galería y ni se acordó de renovarlo. Se sentía desbordado y rendido. No daba más, y no sabía cómo ni dónde buscar ayuda. Los consejos que había recibido de algunos amigos lo instaban a que se asentara en su trabajo y en las responsabilidades de esta nueva etapa de su vida. Y trató y trató, con el esfuerzo del que sabe que se está jugando su última carta, pero fue inútil. No pudo sostenerlo. Se sintió derrotado y se sumió en una tristeza infinita, plagada de autorreproches que lo abatían aún más. Pero tampoco se podía permitir arriesgarse a seguir defraudándola. Mentía sobre pagos postergados que ya llegarían, mentía sobre lo que había hecho durante el día; mentía, pero no lograba levantase de la cama cada día más que para despedirla y luego, para esperar su regreso.

Lo único que lo mantenía vivo era saberla a su lado. La amaba, con la inmadurez propia de un adolescente demandante y caprichoso, pero la amaba. Y ya había perdido la capacidad de complacerla. Y vivía encerrado en una paradoja irreconciliable, ya que complacerla a ella implicaba el costo de su propia infelicidad.

Lorena también se veía en una disyuntiva difícil de resolver:

Por un lado, su deseo de ser madre crecía cada día más, sobre todo después de la noticia del embarazo de su mejor amiga. Los otros tres chicos de sus amigas ya rondaban los dos y tres años, y cuando nacieron, Lorena estaba aún deslumbrada por la magia de su hechicero, y experimentó solo una gran alegría al enterarse de los nacimientos, a la vez que el distanciamiento involuntario y lógico de sus amigas que se abocaban más a la maternidad. Pero este último embarazo cercano la sumió en una nube de sentimientos tan ambiguos que la atormentaban. En su corazón se mezclaban la alegría al sentir empáticamente la felicidad de su amiga frente la noticia del anhelado embarazo; el dolor, por la insatisfacción de no poder ser ella misma madre; un fuerte remordimiento porque empezaba a sentir una necesidad acuciante e incontrolable de evitar a su amiga para no sufrir; e impotencia y bronca, ya que no lograba ella misma con su pareja planear un embarazo en el que se implicara el deseo de ambos.
Por otro lado, había surgido inesperadamente la posibilidad de su traslado. Una pasantía como investigadora que, si bien no era altamente remunerada, le daría la oportunidad soñada de acceder luego a la cursada de un doctorado avalado por una prestigiosa universidad canadiense, que le abriría profesionalmente las puertas al mundo. Pero los ingresos no alcanzarían inicialmente para cubrir el traslado de Pablo y hospedaje para ambos. Ella tendría que vivir en el campus de la universidad sola durante el tiempo que le llevara este nuevo desafío, hasta volverse a afianzar profesionalmente, ya que implicaba renunciar a su cargo actual.

Y ¿qué hacer?

Pablo no toleraba competencia. Necesitaba ser el centro de su atención. Un hijo para él estaba fuera de toda posibilidad, ni aun tratando de complacerla. La responsabilidad de la paternidad distaba mucho de serle una situación amable para Pablo, y menos deseada. No venía en su ADN de aventurero incansable. Y Lorena lo empezaba a comprender, desilusionada y ya cansada de infructuosos reclamos. Ella sentía que había aprendido mucho al lado de Pablo; él la ayudó a vivir lo que le faltaba por vivir. Comprendió a su lado que se podía ser adulta sin perder la magia. Pero Pablo no logró alcanzar la madurez suficiente para acompañar el crecimiento de Lorena y así lograr emparejarse ambos. El camino compartido y disfrutado se angostaba. Se empezaban a bifurcar los senderos de ambos, y el distanciamiento lógicamente necesario, antes de que terminaran odiándose, ya se hacía dolorosamente palpable. Ninguno de los dos podría ceder su felicidad para complacer al otro. Así no funcionarían como pareja más que para hacerse daño. Estaban viviendo en agonía.

Las dudas se agolpaban en la cabeza de Lorena, confundiéndola aún más cuando sus padres le insistían en que dejara a Pablo, con la amargura de ir reconociendo que tenían razón, aunque todavía se negara a admitírselos. Hasta esa mañana en que mientras ambos desayunaban, en medio de una inesperada discusión furibunda, el teléfono sonó, con la novedad de la confirmación del ofrecimiento de la pasantía a Canadá.

Muchas veces las decisiones no terminan de surgir a tiempo desde adentro, aun viviendo un infierno de insatisfacciones, sino que desde el exterior, las circunstancias ayudan a decantar para qué lado ha de caer por peso propio el fiel de la balanza.

Lorena volvió a subir a su departamento, pero en vez de quedarse para hablar con Pablo una infinita vez más, tomó el teléfono, llamó y confirmó su viaje. Se iría a Canadá. Esa etapa no vivida a tiempo, esta adolescencia tardía que tanto había disfrutado de la mano de su mago, acababa de llegar a su fin. Aprovecharía esta oportunidad de crecimiento hasta que apareciera la persona adecuada para esta nueva etapa. Alguien maduro pero vital que sepa acompañarla.
Lic. Claudia Beatriz Gentile

Psicóloga clínica con orientación junguiana- Grafóloga pública – Astróloga

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